Las últimas elecciones presidenciales son las más importantes de la administración civil del capitalismo chileno desde el plebiscito de 1988 y dejaron un significativo reordenamiento de las distintas fuerzas políticas burguesas, poniendo fin a la larga “transición democrática”.
Con ellas se ha inaugurado un nuevo periodo en la dominación del gran capital, fruto de un reacomodo del bloque en el poder. Se reconfigura la forma en que se ejerce dicha dominación, expresándose en cambios en el funcionamiento de los procesos políticos y en la institucionalidad estatal.

Los elementos que configuran este cambio de periodo son: un recambio en la clase política administradora de la dominación burguesa; un cambio del marco institucional en el cual se mueven las fuerzas políticas burguesas; y la irrupción de las clases medias en la escena nacional como actor con agenda propia.

Así, el actual patrón de acumulación fundado por la contrarrevolución burguesa estaría cruzado por tres periodos: el dictatorial militar, el transicional democrático y el actual, aún en proceso de establecimiento; siendo lo transversal y definitorio de la fase “neoliberal” del capitalismo chileno la dominación prácticamente sin contrapeso que el gran capital ejerce sobre la sociedad, cuya expresión práctica son los niveles extremos de explotación que enfrentan las clases trabajadoras.

EL FIN DE LA TRANSICIÓN

El esquema de dominación burguesa del periodo transicional ha cumplido su rol histórico, se agotó. Entre las razones de su caducidad están:

• La pérdida de vigor de la base primario-exportadora de la economía. Además de un salto de la burguesía chilena hacia la exportación de capitales a la región.

• La paulatina desaparición física de los generales militares y civiles de la contrarrevolución burguesa, permitiéndole a la derecha desmarcarse del pinochetismo más duro.

• La bancarrota de la CUT que debilita su rol de garante “por abajo” de la gobernabilidad neoliberal, lo que redunda en su continuo desbordamiento por la reactivación del movimiento de trabajadores(1) y en el desplazamiento de la burocracia sindical al interior del bloque en el poder.

• Y, finalmente, la pérdida de legitimidad de la institucionalidad burguesa y el descrédito generalizado de sus partidos políticos tradicionales.

Fruto de la ausencia de proyecto de las clases sociales fundamentales, la dominación burguesa se entrampó en una situación pantanosa. El dominio sin contrapeso del gran capital hace que la burguesía chilena carezca de una salida “no neoliberal” a los problemas de la acumulación y del agotamiento del sistema político. Por otra parte, la ausencia de las clases trabajadoras como actor independiente, priva a la escena nacional de una alternativa realmente transformadora.
El agotamiento del proyecto concertacionista -cuyo éxito se sustentaba en haber sido quien mejor encarnaba el “espíritu” de la administración civil del capitalismo chileno, garantizando éxito económico y gobernabilidad- ya se evidenciaba en procesos eleccionarios previos. Su fin había sido circunstancialmente pospuesto por el alineamiento espurio de sus partidos tradicionales, más el PC, bajo la figura de Bachelet como carta segura de la elección presidencial de 2013.

La Nueva Mayoría intentó salvar dicho proyecto, adoptando parte de las demandas levantadas por los llamados movimientos sociales y tratando de “airear” el sistema político mediante la incorporación de otros referentes, ya sea incluyéndolos en la misma coalición (PC) o dando espacio dentro de la ingeniería electoral a “nuevos rostros” (Jackson). El programa reformista contó en un comienzo con el beneplácito del empresariado, del cual se desmarcó a poco andar al constatar el real alcance de la desaceleración económica. El remate vino dado por el torpedeo interno que sufrió la administración Bachelet, especialmente desde la DC.
El Frente Amplio capitalizó el descontento acumulado en el electorado concertacionista, dándole expresión orgánica y político-programática. Logró cristalizar en su seno a amplios sectores de las clases medias ya no solo como electorado, sino también como actor colectivo con conciencia de sí.

EL NUEVO PERIODO

Primero, se trata de un cambio de periodo en un contexto de administración civil del capitalismo chileno. Siguen vigentes el Estado de derecho burgués y la institucionalidad democrático-representativa. Dicho esto, ¿cuáles son los elementos de las recientes elecciones que marcan la consumación del cambio de periodo?
“Por arriba” el fin del sistema binominal acaba con uno de los pilares institucionales que fundaron los pactos transicionales. Su reemplazo es un cambio significativo que le imprimirá una nueva dinámica política a las fuerzas que se mueven en el marco de la institucionalidad burguesa.
Si bien está por verse cuál será específicamente esta nueva dinámica, en lo inmediato se puede prever una mayor inestabilidad e impredictivilidad del sistema político producto de la fragmentación de las coaliciones de la transición y una mayor facilidad para la aparición de fuerzas outsiders en la institucionalidad. En este mismo ámbito, la irrupción del Frente Amplio marca una renovación de la clase política que administró el Estado durante la transición.
Sus resultados vienen a coronar la irrupción de las clases medias en la escena política nacional. El gran capital puede contar con un actor político-social constituido con el cual entrar en transacción con vistas a mantener la gobernabilidad burguesa. El éxito dependerá, sin embargo, de la capacidad que tenga el gran capital de metabolizar las demandas de este sector social y de cooptar a su dirigencia, y de la capacidad de maniobra de este nuevo actor.
¿Qué contradicción intenta resolver? Su aparición es al mismo tiempo expresión e intento de solución del desgaste “por abajo” de la gobernabilidad neoliberal. El vacío dejado por la bancarrota de la CUT necesita ser llenado; así como también la gigantesca desafección de la población para con el sistema político-institucional, fenómeno especialmente extendido entre los sectores populares.
Que se logre o no la recomposición “por abajo” de la dominación burguesa es algo que aún está por verse.

EL FRENTE AMPLIO

Sorpresiva fue la votación obtenida por el Frente Amplio. Con esto el mapa de la política chilena en lo institucional quedó constituido por tres grandes fuerzas burguesas: Chile Vamos, los restos de la Nueva Mayoría y el Frente Amplio, cada una de las cuales sirve de polo de atracción para las respectivas expresiones de derecha, centro e Izquierda del sistema de dominación clasista.
La fuerza relativa de cada uno de los conglomerados varía dependiendo desde dónde se evalúe, siendo la fuerza del Frente Amplio mucho menos consistente que la de los otros dos. El apoyo que obtuvo en las elecciones presidenciales (20,3%) se disipa considerablemente al pasar a la votación de diputados (16,5%), y aún más cuando se trata de la representación parlamentaria efectivamente obtenida (12,9%).

Existe una desalineación entre el apoyo que concita a nivel parlamentario y a nivel presidencial, este último en gran parte basado en la figura de Beatriz Sánchez. Ella sola aportó el 26% de la votación total frenteamplista.

Hay aún una debilidad orgánica de este referente, fruto seguramente de estructuras partidarias poco consolidadas que no logran establecer una conexión coherente en su electorado. En este sentido, el Frente Amplio tiene un trecho importante por recorrer para constituirse en una fuerza consistente que aspire a la conducción política del capitalismo chileno.

En lo interno se distingue si hay una clara “división política del trabajo” entre sus miembros. La conducción la detenta Revolución Democrática, siendo el referente que más aporta en términos de representantes y cuadros en el aparato estatal. A cargo de la producción ideológico-intelectual aparece la Izquierda Autónoma, a través de la Fundación Nodo XXI. El activismo universitario, en tanto, lo llevan a cabo el Movimiento Autonomista y Nueva Democracia (UNE). El resto es una fauna variopinta que actúa como base de apoyo y caja de resonancia.

EL TRIUNFO DE LA DERECHA

El otro elemento de estas elecciones fue la victoria que obtuvo la derecha, especialmente el contundente triunfo del 17 de diciembre en la segunda vuelta presidencial. Este derribó una serie de mitos, como el del techo electoral de este sector, o que el aumento de la participación electoral favorecería indefectiblemente a las opciones progresistas. El caso es que ni la suma aritmética de todos los votos de la llamada centroizquierda hubiese alcanzado para superar a Piñera en segunda vuelta. En varios círculos de Izquierda cundió la histeria por el resultado; sin embargo, sus implicancias deben ser analizadas fríamente.
En primer lugar, se trata de una derecha que se mueve y actúa en el marco de la institucionalidad democrático-representativa. En este sentido, por más provocadoras que resulten las bravuconadas de J.A. Kast, lo cierto es que el estado de la lucha de clases no plantea hoy la posibilidad de una salida fascista. Por el contrario, la recomposición de la dominación burguesa toma hasta ahora una forma amigable, es una salida provisoria relativamente benigna de las contradicciones del capitalismo chileno. Por otra parte, tampoco se ajusta a la realidad la caricatura que presenta a la derecha empecinada en desmantelar programas sociales.

PROYECCIONES

Es difícil aventurar el rumbo exacto que tomará el nuevo periodo, pero hay ciertos elementos que entregan luces.

Se trata de una recomposición precaria del bloque en el poder. En el corto y mediano plazo debiesen pactarse cambios político-institucionales que busquen formalizar y afianzar este reacomodo, por ejemplo, una nueva Constitución o una reforma significativa de la misma.
Sin embargo, lo anterior no crea una base suficientemente sólida que dé estabilidad duradera. Por el momento ni siquiera asoman proyectos ni fuerzas que encaren los problemas de fondo que se evidencian en la base del proceso de acumulación. Con un dinamismo económico mermado, el capitalismo chileno cuenta con un menor margen de maniobra que el de años atrás.
La recomposición “por abajo” de la legitimidad es incierta. El ciudadanismo de las clases medias no alcanza. Las últimas elecciones así lo demostraron. La irrupción del Frente Amplio no trajo ningún caudal de nuevos votantes que pudiera llevar a ilusionarse con un rejuvenecimiento de la democracia chilena y una recuperación de la confianza en sus instituciones.

La acción de las clases medias se muestra impotente para recomponer duradera y consistentemente la dominación burguesa. La razón de ello radica en su incapacidad para generar instancias permanentes y estructuradas con arraigo de masas, tal como las que levantaron los trabajadores a lo largo del pasado siglo.

Su comportamiento es inconsistente. Por ejemplo, los gobiernos comunales de los lugares que constituyen las fuentes por excelencia de los cuadros dirigentes y militantes del Frente Amplio, y precisamente donde su discurso tiene especial recepción, se encuentran mayoritariamente en manos de la derecha (Providencia, Ñuñoa, La Reina, Santiago). Habría así un campo social en disputa, el cual puede ser potencialmente hegemonizado por la derecha a través de figuras como Felipe Kast y Manuel José Ossandón.

Se abren dos posibles vías por las cuales el gran capital podría interlocutar con las clases medias, y así constituir la “base ciudadana” y de legitimidad democrática de su dominación en el actual periodo. Una, es el progresismo ilustrado encarnado en un referente político externo a la derecha (Frente Amplio). El otro, es un cóctel de liberalismo (Kast) y populismo conservador (Ossandón) que incorpore dentro de la derecha a este sector social. Esto último implicaría una modernización programática en la derecha, que si es hábil en materializarla podría dejar sin banderas a la primera opción -desnudando su carácter elitista e inconsistente-, echarse al bolsillo a sectores populares y asegurar la conducción política del capitalismo chileno al menos por un par de periodos presidenciales.

MAX RODRIGUEZ