Trump no es una exageración. No es una caricatura ni una excepción. Trump es la expresión de gran parte de la derecha y del establishment que ha gobernado Estados Unidos desde su fundación. Es un rufián, pero esos abundan en la vida diaria. Es un racista, pero no menos que gran parte de la policía. Es la expresión más básica de los Estados Unidos profundo: ignorante, brutal, lleno de prejuicios y no menos complejos. Trump ha hecho lo que otros ocultaban: ha corrido la cortina para exhibir el pozo séptico de la política estadounidense.

 

Estamos en una época de indignaciones fingidas. Los diarios se sorprenden de que los neonazis marchen por las calles de Charlottesville, Virginia, gritando “sangre y territorio” y “los judíos no nos reemplazaran”. Los republicanos estaban sorprendidos porque estos matones usaran gorras diciendo “Hagamos a América grande otra vez”. Los demócratas estaban indignados porque los republicanos no rechazan a Trump. Todo el mundo se felicita de lo mal que se sienten.

Todo esto representa un psicodrama nacional. Trump tiene el papel del Gran Indiscreto, ya que ha abierto las cortinas que muestran a todos el pozo séptico de la política estadounidense. Trump se atreve a pronunciar las palabras prohibidas que una parte del país solo piensa en secreto. El las pronuncia orgullosamente, sin vergüenza y sin inhibiciones y debe ser castigado por ello, ya que ellas revelan la enfermedad del alma del proyecto político estadounidense.

Trump representa al embaucador descrito por el novelista H. Melville. El ofrece a sus partidarios el placer de gozar de la articulación de palabras tabús en la política del país. Pero a diferencia de Bill Clinton o de Barack Obama, él no es un pillo que borre sus huellas, ya que todas sus mentiras y sus pronunciamientos están al servicio de su vanidad y de su ego. Además las mentiras son tan obvias que aun sus partidarios más ardientes no se las tragan todas. Trump raramente miente acerca de lo que siente ya que tiene una piel muy sensible y tampoco puede escapar fácilmente a lo que él realmente es, y esto hace su comportamiento tremendamente alarmante. Su codicia y sus complejos nos recuerdan que nuestro pasado esta aún bien vivo.

Trump es un carácter familiar para la mayoría del mundo. Él representa al vulgar matón estadounidense que ha caminado por el planeta los últimos 100 años robando lo que quiere y dejando una huella de cadáveres y de ruinas a su paso. Trump carece de pretensiones de humanidad, de humos de benevolencia o de un barniz de simpatía. Él es simplemente la figura amenazante que representa y es como a uno le gustaría que fuera su adversario, real, sin disfraces ni hipocresías.

La gente pobre reconoce a Trump por lo que es: la persona que cobra el arriendo, la que corta el agua y la electricidad si no se pagan las cuentas, la que te escupe en la cara si pides comida, la que manda a tus hijos a la guerra mientras él se dedica a cazar, el soplón que te denuncia a la policía por tu adicción a los opiáceos. Los pobres no necesitan palabras piadosas para consolarse de la impresión del odio y de la brutalidad expresada en Charlottesville, ya que han vivido con ellas toda su vida. Tampoco están sorprendidos por el hecho de que estos delincuentes incivilizados tengan simpatizantes en el gobierno, ya que esa siempre ha sido la realidad del país.

Ahora el estadounidense común ve un reflejo de sí mismo en el espejo de su grandilocuente, racista y vengativo presidente. Trump ha destruido todas las convenciones y rituales que ocultaban la realidad cruel del sistema y las elites le tienen temor, porque ha develado, de cómo en las sombras, realmente se mueve el poder y la política del país. El personifica la realidad que estas elites han tratado de ocultar por décadas. El rol de presidente siempre ha sido de dar confort a la nación cuando esta se espanta de las depravaciones que se cometen en su nombre. Como con la masacre de My Lai en Vietnam o las torturas de Abu Ghraib en Irak: decir que estas son aberraciones en un sistema generalmente benigno. Nada de eso hay en Trump, él pone ácido en las heridas como cuando le recuerda al país que dos de sus fundadores, T. Jefferson y G. Washington, eran propietarios de esclavos.

Sin lugar a dudas Trump es el presidente más racista desde Woodrow Wilson y estará con nosotros por varios años más. ¡La inocencia de la gente que pensaba que sería diferente! Muy inocente habría que ser para no ver su racismo como propietario y arrendador de bienes raíces y en pedir la silla eléctrica para adolescentes afro-americanos inocentes. ¿Alguien pensó que Trump podría condenar a los nazis de Charlottesville? Para él eso sería como condenar a su padre, que al parecer también era un racista, y de esta manera él está envuelto en un nudo freudiano sin solución. Es edificante darse cuenta que tres de los últimos cinco presidentes de EE.UU. han tenido padres o abuelos que han sido partidarios de los nazis (por ejemplo Prescott Bush) y el sexto, Ronald Reagan, homenajeó las tropas de asalto de Hitler en un cementerio alemán.

KKK y nazis

El partido republicano trata de controlar el daño que Trump le produce condenando al Ku Klux Klan y a los nazis, ya que esto es necesario para seguir promulgando leyes racistas y en contra de los trabajadores. Sin embargo él no ha perdido su apoyo entre sus partidarios ya que él representa la gran esperanza de los blancos que se sienten segregados y que quieren que Trump luche por ellos.

Por su parte los demócratas, quienes apoyan a los nazis en Ucrania, están escandalizados por el apoyo de Trump a los nazis nativos y por sus definiciones de la existencia de una “izquierda radical” en el país. Sin embargo, los demócratas mismos usan el término de “izquierda radical” para atacar a los partidarios del senador Sanders y sus políticas progresistas, y cuando son interpelados acerca de la leyes racistas de la presidencia de Bill Clinton que infligieron un daño enorme a la comunidad afroamericana, se quedan sin respuesta.

Después de todos estos sucesos de violencia se ha llamado a la promulgación de leyes para prohibir reuniones de nazis que fomenten el odio y el terrorismo, sin embargo esto le produciría más daño a la Constitución que a los nazis. Porque si el odio se criminaliza ¿qué le pasara a la gente que odia a los bancos, a las compañías petroleras y de seguros, a las que hipotecan casas y autos, a la policía que asesina sin causa y a los nazis? Cualquiera ley que se pase al respecto será más limitante para la izquierda que para la derecha por la sencilla razón de que el gobierno no tiene nada que temer de la derecha. Seguro que esas leyes se aplicarían contra las protestas para proteger a los bosques y a la naturaleza, contra la crueldad animal, contra los servicios de inmigración y la mala educación, contra la violencia policial y contra la contaminación ambiental.

No hay duda que estas leyes beneficiarían a la institución más racista del país que es la policía, que aumentaría su poder y sus presupuestos a través de su militarización. En Charlotteville por ejemplo, era muy difícil diferenciar a los nazis de la policía, ya que esta última fue incapaz de evitar que los nazis apalearan a la gente que protestaba contra ellos. Probablemente hay más supremacistas blancos y nazis en el departamento de policía de la ciudad de Nueva York que en la Vanguardia Nazi de América, que solamente tiene 200 miembros. En un solo día del mes pasado, el 4 de Agosto de 2017, nueve estadounidenses de descendencia africana fueron muertos por la policía en varios estados, sin ningún titular en la prensa, porque aparentemente esta violencia racista no es sancionada por el Estado y se considera normal.

 

Traducido y resumido de un artículo en el diario electrónico estadounidense Counterpunch (Contragolpe)

Por Jeffrey St. Clair