De la saturación a la precipitación, a un rebalse, un exceso de contenido que busca naturalmente su salida por otros espacios y aberturas. Desde aquellas sobras, desde esa hipertrofia de todas las estructuras y sus condiciones, viene la caída, la decantación, la precipitación, como proceso ahora irreversible. La política, como sustancia propia, se apresura con fluidez hacia su desaparición.
Estamos en la nulidad de la política, que es también su destrucción. El deterioro iniciado hace una década y estimulado hace un lustro, desde hace un par de años ingresó en un nuevo ritmo que lo impulsa a una velocidad sin posibilidades de retorno ni freno. La política, como sistema, institución, como tablero y estructura, entró en la fase enloquecida de un error sistémico. La suma de yerros que observamos desde finales de septiembre no dan tregua y presionan a toda la clase y actividad política en una caída desordenada y estruendosa.

Lo que observamos desde hace unos meses es el inicio del quiebre final entre la sociedad civil, cada vez más organizada y reforzada, y sus espurios representantes, ligados, a su vez, a todas las elites y esferas del concentrado poder. Dos realidades, si no enfrentadas aún, sí coexistentes en espacios separados y discontinuos.

La ciudadanía y sus organizaciones han expresado con palmaria claridad sus molestias y demandas en marchas con una asistencia y frecuencia crecientes. Millones se han manifestado en el país por cambios que van desde la educación a la salud, por un nuevo trato hacia las mujeres en una sociedad machista y discriminadora o por el desmantelamiento del sistema de AFP, sin lograr una respuesta contundente y satisfactoria de parte de las elites. Como reacción, la sociedad civil observa a una clase dirigente y controladora aún más cristalizada y encapsulada, incapaz de desprenderse de sus privilegios, entendidos por ella como si fueran parte de su naturaleza social y económica.

Chile recoge lo sembrado. Absorbe las consecuencias de los extremos aplicados desde finales de la dictadura y amplificados y reforzados durante la transición ante una sociedad alienada y narcotizada con los créditos y el consumo. El paraíso neoliberal para inversionistas, especuladores y concesionarios ha dado su fruto envenenado, que es la desigualdad como efecto de la ambición y la codicia sin límites. Informes recientes han revelado utilidades fuera de toda razón económica para las AFP o la rentabilidad usuraria de las autopistas urbanas, que desde su puesta en marcha han obtenido un retorno de catorce veces su capital inicial. Este sueño febril y excitante, incluso para apostadores de casino, ha sido creado no sólo por la dictadura y la bota militar, sino durante la transición. La fusión cívico-militar da estos resultados, que se mueven entre el éxtasis, el delirio y, sin duda, la perversión.

Esta es la contradicción extrema y alucinada. Porque esas rentabilidades no son magia financiera. Surgen como efecto de la extorsión inicial y el secuestro de derechos sociales básicos, amparados por políticos corruptos. Es un éxito de corto plazo que ha dejado todo tipo de daños y un país herido tras el saqueo. Es un despojo masivo que tiene sus más directos responsables en la clase política, no sólo en el apostador y especulador, sino en el político traidor, que ha fomentado y usufructuado de esos abusos.

La brecha ya está abierta y sin posibilidades de cierres, reparaciones ni acercamientos. No es tiempo de reformas sino de desmontajes. Si por un frente vemos a la sociedad civil aumentar sus movilizaciones, protestas y, de forma especial, el inicio de una renovada capacidad de organización, en el otro flanco atisbamos unas elites representadas por la casta política despreciada y enredada en sus errores. Allí se está gestando la tormenta perfecta, esa es la precipitación, que cae sin freno por sus lastres y excesos.
Paul Walder