Hace pocos días comenzó a difundirse por la red, en forma de viral, una campaña impulsada por Corporación Humanas acompañada por el hashtag #FaltaLaOtraMitad, para dar cuenta de la situación desigual que ocupa la mujer en la sociedad chilena y promover una mayor participación en el ámbito público, específicamente en el parlamento y en las posiciones de poder político. Esta campaña da cuenta del silencioso trabajo de miles de mujeres, al margen de los medios tradicionales de comunicación, por construir una sociedad igualitaria, donde la consideración del sexo no sea relevante al momento de ocupar cargos de alta dirección.
Aprovechando esta campaña me parece oportuno dar a conocer la ideología que subyace a la misma: el feminismo. El feminismo según Owen M. Fiss puede ser entendido como un “conjunto de creencias e ideas que pertenecen al amplio movimiento social y político que busca alcanzar una mayor igualdad para las mujeres”. En este sentido, el feminismo se erige como una teoría crítica de múltiples paradigmas, de allí que no extrañe su vasta influencia en diversos ámbitos, tanto académicos (Derecho, Relaciones Internacionales, entre otros), como estético (en las artes en general).

Señalado ello, hay que precisar que el feminismo tiene como cimientos dos tesis centrales: la primera de ellas, relativa a la impugnación de la distinción tradicional entre lo público y lo privado, siendo esta última esfera a la que queda reducido el rol de la mujer en la sociedad, esto es, vinculado a las labores domésticas y el cuidado de los niños. Y en segundo lugar, a la reconstrucción del concepto de ciudadanía imperante, hacia uno más amplio, que por cierto, las incluya.

A comienzos de este año la Universidad Diego Portales, a través de su Instituto de Investigación de Ciencias Sociales (ICSO) presentó un interesante estudio que da cuenta de la situación de la mujer en el escenario laboral. Allí los especialistas estimaron que sólo el 21% de los altos cargos directivos están ocupados por mujeres. La tendencia señala que esta inclusión de la mujer se da de manera significativa en el ámbito público, en desmedro del sector privado. Asimismo, dio cuenta de la existencia de pirámides de poder en todos los sectores, y constató el hecho de que en la medida que se asciende en dicha pirámide se advierte una menor participación de la mujer.

Por su parte, en la esfera política, la mujer no dista de la realidad del trabajo. Si revisamos la actual composición del Congreso Nacional, nos daremos cuenta que en el Senado, la participación de la mujer alcanza 13%, esto es, 5 senadoras (contando a la Senadora Ena Von Baer quien fuera designada posteriormente) de un total de 38 honorables. Asimismo, en la Cámara de Diputados, el porcentaje alcanza un 14%, a saber, 17 legisladoras de un total de 120.

Cabe señalar, que solo durante el gobierno de Michelle Bachelet y dando cumplimiento a uno de sus compromisos de campaña, la Presidenta conformó un gabinete original paritario, contando entre sus filas a 10 ministras mujeres, las que se mantuvieron en número hacia el final de su mandato. Hecho que a la postre, demostró ser un fenómeno único que no ha sido replicado por el actual gobierno.
Asimismo, durante las primarias ocurridas recientemente, solo dos candidatos, Claudio Orrego y Andrés Velasco, tenían en su programa de gobierno, políticas públicas concretas sobre género, lo que refleja la importancia, o mejor dicho falta de importancia, del tema para las élites políticas. Revisados los datos presentados anteriormente, yo me pregunto ¿cómo ser mujer y no ser feminista en un país como Chile?

Y es que no hay duda alguna, de que esta realidad no pasa por la falta de interés de la mujer en la política, basta revisar la composición del padrón electoral o su participación en partidos políticos. Ni tampoco por falta de méritos, esto es, que la mujer chilena adolezca de las capacidades o habilidades necesarias para ocupar altos cargos de dirección en las más diversas áreas. La cuestión, al parecer, queda reducida a un asunto netamente cultural.

Sobre la interrogante de cómo superar esta odiosa situación de discriminación, pienso que el Derecho como un instrumento modelador de conductas puede erigirse como la herramienta fundamental para la superación de este tipo de discriminación. ¿Qué mecanismo? La implementación de una ley de cuotas. Dicha ley obligaría a los partidos políticos a integrar, en su estructura y en las candidaturas, una cuota determinada de mujeres, la que deberá ser consensuada, para alcanzar de manera efectiva una mayor participación femenina.

Ante las objeciones de este tipo de medidas de discriminación positiva debido a su eventual vulneración del principio de igualdad, que por lo demás está consagrado constitucionalmente, resulta relevante mencionar que las acciones positivas del Estado en pro de la igualdad se dan de forma excepcional, para la distribución de bienes que son considerados escasos, como la provisión de cargos políticos o puestos de trabajo, y que de no operar, aumentarían, o a lo menos se reproducirían, situaciones desiguales, como en el caso chileno la evidente posición de subordinación de la mujer.

Quienes defienden a ultranza el principio de igualdad, lo hacen desde una perspectiva meramente formal, desde que los datos presentados han sugerido la existencia en nuestro país de discriminación por género, hecho que en la práctica habla de la falta de igualdad en su otra dimensión, la material. Y por tanto, no se hacen cargo de sus perniciosas consecuencias.

Por último, no se ha tenido en cuenta el efecto positivo del tratamiento desigual para algunos como medio de igualación para otros. En la misma forma como es admisible y beneficioso restringir el derecho de propiedad para algunos, vía impuestos, desde que esta permitirá un mayor goce de otros bienes, esto mediante redistribución, hacia los menos aventajados; resulta admisible la desigual consideración entre un hombre y una mujer, prefiriendo a esta última ante una vacante laboral.

La situación desmejorada de la mujer en el panorama político y laboral nacional es, a todas luces, un asunto de interés público, pero que extrañamente no recibe la atención necesaria en el discurso. Esto al parecer, se deba a una fuerte raigambre cultural, que es transversal a todos los sectores socioeconómicos de la población. Por lo que representa un desafío importante para la sociedad, puesto que profundizar la democracia requiere necesariamente una mayor participación de la mujer.