A principios de junio de 1979 tuve el enorme privilegio de viajar junto a un grupo, más o menos grande, de compañeros a Nicaragua; país que en ese momento se encontraba en una verdadera guerra civil. Nuestra misión consistía en incorporarnos a la lucha que desarrollaba el Frente Sandinista de Liberación Nacional en el Frente Sur Benjamín Zeledón, cuyo mando estaba en manos de Edén Pastora (Comandante 0); quien por aquel entonces dedicaba la mayor parte de su tiempo a conceder entrevistas a periodistas extranjeros, los cuales lo fotografiaban y filmaban disparando con su fusil AKM (regalado por Fidel Castro) a los aviones de la Guardia Nacional que atacaban nuestras posiciones y que por su puesto jamás acertaba en el blanco, pues intentar derribar un avión de combate con un fusil automático es como tratar de matar un elefante con un tira piedras.

El peso de la dirección de la guerra en el frente sur lo llevaron los jefes de columnas, a los que en alguna medida tratábamos de ayudar con nuestros modestos conocimientos. Conocí varios de ellos, eran buenos, entregados a su causa y a la cual habían permanecido fieles durante muchos años. Algunos procedían de la lucha guerrillera, otros de la lucha clandestina urbana. En particular uno llamó mi atención, se llamaba Guevara de apellido, un joven pintor que se formaba en la Abadía de Solentiname, ubicada en la península del mismo nombre en el lago Cocibolca, en una comunidad de jóvenes artistas creada y dirigida por el cura progresista Ernesto Cardenal. Era eminentemente un artista, que nada sabia del duro oficio de un soldado, mucho menos de un soldado revolucionario, pero bajo el influjo del cura Cardenal aquellos jóvenes, no ausentes de la realidad de su patria, se integraron al Frente Sandinista de Liberación Nacional. Guevara, cambiando el pincel por un fusil, se convirtió en un avezado jefe guerrillero para después aprender rápidamente los principios básicos de la guerra convencional. No por eso perdió sus principios humanistas enseñados por el cura Cardenal. Con él estuve hasta el final de la contienda, su sueño era regresar algún día a los pinceles.

En mitad de la lucha, como para decir aquí estamos, los siempre omnipresentes yanquis hicieron su aparición y sin pedir permiso a nadie, como en “visita de buena voluntad” desembarcaron de sus helicópteros y establecieron un puesto de mando divisionario en nuestra retaguardia, es decir, en territorio costarricense. De nada sirvieron las protestas y alegaciones del pueblo costarricense, siguieron en el lugar, como si con ellos no fuera, pese a todo, aunque la noticia se difundió por la tropa rápidamente, no se produjo pánico alguno, los nicas ya sabían como combatir al monstruo del norte, tenían las enseñanzas de su líder histórico Augusto César Sandino y su “pequeño ejército loco”, a quien solo pudieron vencer con la traición y el asesinato.
La guerra revolucionaria llegaba a su fin y como todas las guerras había sido dura y cruel, a veces se cometieron excesos en nuestras filas y es que las revoluciones no las hacen seres superiores perfectos, las hacen personas comunes y corrientes, con sus defectos y virtudes.

Avanzábamos lentamente por la Zopilotera y aunque el momento no era para admirar paisajes, no pude menos que reconocer que en un lugar como ese debía haberse inspirado la persona a la que se le ocurrió la idea del paraíso terrenal. Al fin, después de avanzar muchos kilómetros entre montañas y ríos, llegamos a una hacienda sólo habitada por campesinos que, al contrario de sus patrones, no habían huido del lugar por no tener a dónde ir o como hacerlo. Las mujeres cocinaron para la tropa un buey que sacrificaron gustosos y tortillas de maíz, comimos y como ya era tarde acampamos en las inmediaciones. Al día siguiente, en la madrugada, debíamos comenzar el combate. Nuestra misión consistía en salir a la retaguardia del enemigo, desorganizar su mando y neutralizar sus reservas; impidiendo sus contraataques en contra de nuestras fuerzas principales, que a esa hora, debían comenzar una ofensiva generalizada en dirección Rivas-Managua.
Observamos atentamente las posiciones de la Guardia Nacional, pero no veíamos movimiento alguno, al fin decidimos enviar una exploración y esta nos informó al llegar al lugar, que el enemigo, al parecer había abandonado la zona durante la noche. Efectivamente, dos o tres días antes el dictador había reorganizado su gobierno y los mandos de las Fuerzas Armadas con el fin de impedir el ya previsible triunfo sandinista. Pero las cosas no sucedieron tal y como él quería o deseaba; el accionar de las tropas sandinistas, en primer término, y la presión del pueblo nicaragüense e internacional fue tan fuerte que se vio obligado a huir precipitadamente y tras él, su gobierno, sus fuerzas armadas y todo el aparato represivo se desmoronó como un castillo de naipes. La soldadesca, abandonando sus posiciones, habían huido como ratas; aparentemente hacia el puerto de San Juan del Sur, la guerra había terminado.

Llegamos a Managua al amanecer del día 20 de julio de 1979, un día y una noche tardó la caravana en recorrer aproximadamente 150 kilómetros y es que el avance se hacía lento porque primero estaban los rezagos de lo que quedaba de la guardia nacional que obstaculizaban nuestra marcha con ataques aislados que eran repelidos por una lluvia de proyectiles y después, que en cada pueblo que atravesábamos debíamos detenernos y festejar con la población local, no tanto el triunfo sandinista como la caída del sátrapa. Se producía entonces un tiroteo al aire difícil de imaginar. Ese día se disparó más que a lo largo de toda la guerra, el recorrido incluyó ciudades tan hermosas como Rivas, Granada y Masaya.

Mi primera sorpresa al llegar a Managua fue comprobar que la ciudad no existía, sólo el trazado de las calles y algunos edificios dispersos conformaban el casco urbano del centro de la capital nicaragüense. Años antes la ciudad había sido destruida por un fuerte terremoto, nunca más volvieron a reconstruir Managua, la ciudad se trasladó a colonias (barrios) dispersas a su alrededor. Avanzábamos en dirección a lo que había sido el bastión principal del somocismo, el Bunker, se trataba de una elevación que antaño había sido un volcán, ahora inactivo y con agua en el fondo. En la punta de la elevación se situaba una lujosa vivienda que había sido habitada por el dictador, su familia y su servidumbre; una de las tantas que poseía a lo largo y ancho del país. Hacia abajo se distribuía un batallón de tanques y la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería y ya en las faldas el Hospital Militar y un barrio de viviendas para la oficialidad de confianza del déspota. En nuestro camino hacia el Bunker (como se le solía llamar), observaba todo con atención y me sorprendió mucho ver a una gran cantidad de gente cargando al hombro sus enseres, algunos con colchones, otros con muebles y unos pocos con televisores, refrigeradores y otros efectos electrodomésticos; raro día para mudarse de casa, pensé yo, pero realmente se trataba de saqueos y no de mudanzas, aun no asumía que habíamos triunfado y el poder que hasta ese momento imperaba en todo el país, había desaparecido. El poder revolucionario tenía un día de antigüedad y se encontraba a un país sumido en el caos. Los primeros días del triunfo revolucionario, Nicaragua era una nación sin ley y sin orden, aunque la situación empezó cambiar rápidamente.

Ocupamos por fin las instalaciones de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería. Al principio, cuando terminaba el trabajo, me dedicaba a merodear por las instalaciones de esa gran fortaleza, descubrí con algunos de mis compañeros unos almacenes que se adentraban en la montaña y guardaban grandes cantidades de armamentos, explosivos y municiones de todo tipo; también encontramos sofisticados instrumentos de tortura. El origen de la mayoría del armamento y municiones era de Israel; los explosivos e instrumentos de tortura, como no podía ser de otra manera, de Estados Unidos de Norteamérica.

Dos o tres días después con esos mismos compañeros decidimos ver el Lago de Managua y dar una vuelta por lo que quedaba de ciudad, así es que conseguimos que un sandinista amigo nuestro nos llevara en un todoterreno del antiguo ejército. Llegamos a las orillas del lago y el espectáculo que presenciamos era realmente indescriptible, a pesar de nuestra dureza nos temblaban las piernas y se nos saltaban las lágrimas, centenares de cadáveres ya en descomposición por la acción de los días y del calor del trópico, de jóvenes en su mayoría, poblaban la orilla del lago; decenas de madres buscaban infructuosamente a sus hijos desaparecidos. La dictadura somocista, en su precipitada huida, había dejado estampada la huella de su garra sangrienta. Pedimos a nuestro amigo sandinista que nos llevara de vuelta al cuartel, ya no teníamos ganas de seguir paseando.

Unos días más tarde, ya algo repuestos del golpe que significó el paseo por la orilla del lago, decidimos ir a comer al mercado de Managua cansados de las raciones de comida fría. Nos habían recomendado a una señora que cocinaba muy bien y el almuerzo era barato. Teníamos algún dinero, muy poco, pero lo suficiente para al menos ese día comer decentemente. Como llegamos un poco temprano nos pusimos a recorrer el mercado, nos deteníamos cada dos por tres para comprobar precios y calidad, aunque en realidad no íbamos a comprar, nuestras escasas economías no alcanzaban para casi nada. Llevábamos nuestros uniformes verde olivo y portábamos nuestro armamento por seguridad, pues esos días eran inestables en Managua. Mirábamos un puesto con atención y noté que alguien deslizaba su mano por mi brazo como haciéndome cariño, pero con fuerza, miré hacia el lado y vi una anciana con muchas arrugas en su cara que me decía mientras me tocaba con insistencia, – ¡mirá, si ahora se los puede tocar y todo! –.

Un año permanecí en esas tierras, otros compañeros estuvieron más tiempo, todos tuvimos el honor de ser fundadores del Ejercito Popular Sandinista y de aportar, aunque fuera sólo un granito de arena muy pequeño, para la caída de una de las dictaduras más sanguinarias y crueles de América Latina.

Por el cumplimiento de tan digna y honrosa tarea nos fue entregada una medalla y un título, que no se compra ni se hereda, simplemente se gana, Combatiente Internacionalista. Escribo esto en homenaje al 30 aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista y a mis compañeros “Payo y Monje”, caídos en combate.

Antonio Madrigal Díaz
DNI: 11822836-P

 

Es despertar y romper el bosal y las cadenas
Es conjugar y sentir el verbo amar sin fronteras
Es conseguir que la luna nos de su pan y su beso.

Cuando libremos la tierra del que encarcela los sueños.

Es escribir en el libro del pueblo con sangre y fuego
Los nombres de los anónimos forjadores de esta siembra,
Es hablar de la esperanza y del amor que nos cuesta,
Hacer crecer en el vientre de la historia nuestra huella.

Es la razón el lenguaje
Del hombre y su libertad
Que aunque tenga que matar,
El amor es su objetivo.

El corazón animal
Que llevo de hombre imperfecto,
Como un pájaro ha enrrumbado amor
Su anidar hacia tu pecho.

Por eso he de concluir sin que mi guitarra duerma
Que ningún golpe es mortal, si no se teme a la muerte
Que el desvelo por estar en guardia y en la trinchera
Es oficio del que ama aun en tiempo de guerra.

Antonio Madrigal Díaz, presente!!!
Hasta siempre compañero!!!